Relatos

Ravén, Lilián, Hamir (2)

Lilián

Cuando Lilián decidió que había llegado la hora de arriesgarlo todo, desafiando al todavía débil equilibrio de sus años escasos, para poner un pie ante el otro y mecer el peso de su cuerpo hasta lograr el anhelado primer paso de su infancia, lo hizo de forma natural, con la sinceridad propia de la niñez. No existía en su conciencia más momento que el presente, ni mayor desafío que el mantenerse vertical y erguida pero, en su caso, aquel gesto se vio acompañado por una trascendencia que ya nunca más abandonaría sus huesos.

A través de los atardeceres solitarios y serenos de aquel rincón del mundo que una vez escuchó sus primeros gemidos y cantos, Lilián despidió a los años cruzando ante sus ojos con fiera velocidad, con descuido, con profunda valentía. Se fueron deshaciendo los meses y los días, destrozados contra el arrojo, sincero y puro, de sus piernas firmes; talladas de una roca inmortal. No quedó ni rastro de la zozobra propia del tiempo mientras camina, ni sobre su piel, ni entre sus cabellos, ya al final espesos e indomables como toda ella. Ni tampoco quedaron hilachas del pasado engarzadas entre la viscosidad de sus recuerdos torpes. Se rindió la primera y la última añoranza que quiso amargar su alma. Cuentan que se miraron a los ojos, la nostalgia y Lilián, y saltaron miles de pedazos de melancólica tristeza esparcidos por el empedrado suelo de la plaza, como pequeños caramelos de color y celofán que se pierden entre los adoquines.

Fue en los atardeceres de los que nacen los vientos enfurecidos donde se gestó la leyenda de Lilián. En aquellas noches en las que, lo que durante el día fue brisa, llega ahora escupida desde el mar con virulencia, plena de ansias y sedienta de tierra firme, fue donde se construyó el relato de que era el nombre de Lilián el que venía buscando la sal suspendida en el aire. Y, hasta dar con él, las tinieblas complacían a las ráfagas de viento y cólera; avivando su ímpetu, sus impulsos vacíos de cordura y control. Sufrían los muros de piedra, estremecidos por el aire serpenteando entre las callejuelas como una manada desbocada. Gritaban las ventanas, golpeadas hasta hacerlas relinchar; y las puertas, sacudidas en sus marcos de madera podrida, haciendo temblar a los que se guarecían tras ellas, expulsando de la oscuridad del fin del día el calmo vuelo de las hadas que siempre han transportado los sueños que arropan; los que enmudecen las lágrimas de aquellos niños que nunca quieren dormir. Fue en aquellas noches, casi todas ellas sin luna y sin más ruido que el que el viento conduce, en las que las ancianas rezaban para que la eterna Lilián saliese de su escondrijo de silencio y calma. Musitaban plegarias que le rogaban acceder a recibir a los vientos, sumidos en plena vorágine, para dejar que estos desbaratasen sus cabellos y formasen nuevos rizos de salitre y caos. Para que permaneciese, una noche más, erguida durante horas bajo el dintel de su hogar, hasta calmar las ansias de un Eolo enamorado de aquella mujer de asfixiante belleza.

himno a la belleza
“hymne à la Beauté / inno alla Bellezza”, por Giovanni Giorgini

Pero un buen día, la leyenda se infectó al saltar de boca en boca, de la ponzoña de los padres a la de los hijos. Alguien hizo acopio de rabias eternas y alguien más sumó el veneno añejo de perennes envidias. Un buen día, bajo las nieblas espesas que anuncian, traicioneras, que el invierno llegó ayer; una voz rompió el silencio y unas cuantas más, cobardes, casi mudas, vociferaron aprovechando el sendero abierto: ¡culpable, Lilián! Culpable de jugar constantemente con la luz del universo. Culpable de que el viento se cuide de silbar mientras sea tu voz la que perturba la tarde y se enfurezca si no es tu rostro el que le espera al final del muelle, cuando la luz ha dejado ya de ser. Culpable de que el frío se vuelva tímido, cuando son tus pasos los que cruzan la plaza. ¡Culpable, Lilián!

Y ese día, la que otrora fue niña inocente y más tarde mujer de indomable vitalidad, se encontró exiliada de la vida de los humanos. Fue expulsada a un lugar entre el bosque espeso, donde las ramas casi no dejan pasar la luz y donde el viento tiene vetada la entrada. Arrojada a ese rincón, apartado y desconocido, en el que las hojas crean sombras sobre el musgo que se ha apoderado de un suelo siempre impregnado de agua, para vivir encerrada entre unos muros de piedra que rezuman humedad y que velan porque el silencio sea completo y el calor muera antes de cruzar el umbral.

Lilián, ahora y desde entonces, recorre el pasillo de su mundo enano, pisando una vetusta alfombra que amortigua su andar. Siente cómo se quiebran las fibras y los hilos con el peso de su cuerpo a cada paso. Percibe los quejidos que nacen del amargo tormento al que les somete, imperceptibles para toda mujer cuerda, pero que se hacen estruendo contra los tímpanos de Lilián. Y, un paso tras otro, recorre su cárcel de olvido. Deja atrás el mullido bajo sus pies y se enfrenta a los siseos serpentinos que provoca el contacto de su piel, contra el frío de la cerámica que cubre el suelo y paredes de una pequeña cocina. Allí, aguardando a Lilián, la violencia de las explosiones de un agua que hierve. Tras ella, un fuego que se yergue desafiante hasta lograr exasperar sus sentidos con carcajadas colmadas de maldad. Las risas de un lunático que gusta de torturar a unas maderas, retorcidas de dolor, que no dejan de quejarse y llorar.

Y, Lilián, allí donde no llega ni viento ni luz, ni sonido alguno, ni calor exiguo, ni un mínimo rastro de bondad; allí donde el bosque genera y almacena todas las sombras que han de atormentar al mundo real, tiembla de profundo miedo. Rodeada de todos aquellos estruendos que nacen del silencio absoluto, anuncia su rendición a intentar mantener una mínima reminiscencia de lo que su vida algún día fue. Ruega al tiempo que, por favor, detenga su juego y abandone su piel. Más los días se empeñan en continuar su camino y, una noche más, ¿qué hay de nuevo, Lilián?, pregunta la soledad.

Standard
Relatos

Ravén, Lilián, Hamir (1)

Ravén

Ravén siente su respiración reinando sobre todos los sonidos de la sala. Ligeramente entrecortada, hace minutos que no es capaz de hallar un ritmo constante que permita rescatar a sus pulmones del ambiente cada vez más viciado de la habitación. Ravén ha decidido dejar de temblar hace ya dos horas, o veinte, no lo recuerda. Sabe que ha ordenado a sus músculos buscar el reposo que debería otorgar la costumbre, pero algo, en algún momento y sin esgrimir ningún pretexto convincente, ha sabido desoír el mandato y fuerza a su cuerpo a moverse como un punto de luz centelleante, desparramando incontrolable tensión justo bajo el subsuelo de su dermis.

Entre la exigua luz del denso ahora que le envuelve, Ravén trata de olvidar el sonido de las puertas cerrándose a su espalda. Cerrojos fundiéndose entre sí, marcando el inicio de todas y cada una de las noches solitarias de los últimos años. Intenta librar Ravén a sus sentidos de la reminiscencia, áspera y mugrienta, que todavía persiste anclada a su oído y a su piel erizada. Aquella que salpica su paladar con el gusto del óxido que se desprendía de los metales mientras estos se deslizaban, uno sobre el otro, óxido sobre óxido, chirriando, desgarrándose hasta quedar completamente firmes y unidos; seguros tras él. La profunda sensación de no ser nada, de no tener nada. Trata de olvidar, ahora Ravén, las puertas encerrando la soledad dentro de aquel minúsculo habitáculo. Cómo cobijaban un sueño atormentado, tan ajeno a las ganas de no dormir propias de aquellos otros que luchan obsesivos por sobrevivir, por no ser vencidos; ni siquiera por la luz en plena huida. Trata de olvidar, Ravén, y fracasa, del mismo modo que ha perdido las mil primeras batallas por conciliar un sueño esquivo.

soledad - Rusty abstract

“Rusty abstract”, por Etienne

Todavía sin haber calmado sus pulsos, sin lograr aplacar sus angustias, toma asiento a los pies de su cama buscando calma y sosiego y deja que su piel, la de ella, recorra su rostro. Acepta que sean sus ojos, los de ella, los que se claven en cada una de las señales dejadas por la dureza de los días pasados, por los años azotando sus gestos. Se rinde y permite que de ella sean sus pensamientos, sus recuerdos más trágicos y aquellos otros que, hechos jirones a fuerza de tanta fusta encolerizada, acabaron por ser pedazos de sencilla felicidad. En la oscuridad, Ravén permite que explore su cuerpo casi desnudo. Siente la dulce mirada de la mujer que tiene enfrente, deambulando justo un centímetro por delante del calor de su tacto suave, superando la barrera de su hombro para, decidida, arrojarse al vacío de sus largos brazos. Camino a la firme tensión que ya nunca más abandonará sus puños y de vuelta a la piel que esconde su corazón palpitante. Todo, absolutamente todo, de su propiedad. Cada uno de los músculos recorridos, de los huesos todavía firmes, de los miedos encastrados entre las costillas. Todo suyo realmente, lo único realmente suyo. Y Ravén tiembla, deseando que ella demuestre que aquello que aún le pertenece es tesoro suficiente, recompensa idónea para agradecerle el que no haya cambiado ni un milímetro la anchura de su sonrisa, ni un tono el color de sus ojos, siempre tan perdidos en la profundidad de sus cuencas. Ojalá ella, la que le observa, la que tan bien sabe desvestir de aspereza su cuerpo, la misma que no ha tenido miedo de pisar las vociferantes hojas medio escritas, manchadas con el nombre de Ravén, con los remordimientos de Ravén, con la sangre y los errores; ojalá ella estire su mano, aprese su cuello y reclame el tiempo robado. Ojalá le ayude a destrozar todas las noches vacías de seguridades.

El sutil contacto sobre su piel parece, al fin, haber proporcionado calma a su respiración, pero esta no tarda en fugarse, convertida en un lujo efímero que deja un sabor amargo en los labios. Tras su estela, cuando todavía huele a paz, a lucidez y sosiego en la habitación, Ravén encuentra el momento preciso para detenerse y pensar. El primer instante real de los últimos años, completo de silencio y desbordante de sorprendentes respuestas. Suficiente para Ravén.

Suficiente, para comprender que sólo conserva su nombre y nada más que su nombre. Suficiente, para comprender que ha perdido batallas, que han dejado heridas, que han infectado miembros que ya nunca más serán. Suficiente para comprender que hubo un tiempo en el que sus ojos no conocían ni tinieblas ni soledades, pero que han hallado el empalagoso dulce de la ausencia y ya no saben, no quieren, vivir de otra manera. Suficiente, necesario, para asimilar que su piel se ha vuelto rugosa, se ha convertido en ortiga, en escama erizada que rehúye sus yemas, las de ella. Incluso las de ella, que ahora lloran por no saber calmar el cuerpo desnudo del hombre que han estado esperando todo este tiempo repleto de horas y frío, de días y llantos.

Ravén se rinde, no encuentra batalla que merezca la pena lidiar. No sabe vivir. Ya no sabe poner un pie delante del otro para romper la quietud, ni conoce cómo se saluda afablemente o se deja uno acariciar. Sus ojos se han cerrado, los ha cerrado. Sus errores le han vencido, le han apabullado. No estaba preparado su cuerpo para tanta oscuridad y, ahora, ya no quiere nada más que penumbra.

Ella se ha ido, entre sollozos, azotada por la crudeza de un reencuentro que nunca quiso llegar a imaginar. Ravén, sin embargo, permanece quieto. Absurdamente feliz. Abstraído de lo que hace un instante le preocupaba, gozosamente vacío de deseos o anhelos.

La noche acentúa su presencia, desbancando al último rastro de calor del día y, al fin, ¿qué hay de nuevo, Ravén?, pregunta la soledad.

Standard
Relatos

Un mal lugar donde no exista la sal

Ella escribió sobre un margen casi asfixiado, lleno de tinta y pisadas, donde los espacios en blanco eran hijos de olvidos y no garantes de historias futuras. Deslizó, sobre renglones quebrados, fruncidos versos sin rima que hablaban de noches saladas, de mañanas y dulces penumbras.

Suave, con ritmo adormecido, relató a qué sabe el rumor de las olas, el olor de las crestas de espuma, el tacto del frío que llega y no huye. Aquel que desafía, que atenaza los huesos.

rutinas

Me habló de las fotos manchadas, de los recuerdos ajados, de esos nombres propios que justifican suspiros. De los espacios, vacíos y mudos, por los que se desliza el eco de la frase inmediatamente anterior. Ella habló de las veces que los hombres mienten por no callar, de las horas que pasan luchando, batallando con su sombra sólo por no sollozar. De las tormentas encerradas entre paredes sin ventanas ni vida, de la luz que no logra huir, de un ocaso que absorbe hasta la última esperanza del día.

Con serenidad y suficiencia, como quien se desviste entre costumbre, ella arrojó sus temores a la cal inmaculada de los muros del cuarto desnudo, y yo, con premura, les di acomodo entre las grietas de mi alma y sufrí, como sólo sufre quien vaticina el silencio.

Todavía me susurró al oído historias de castañas y fuego, de llamas y abrigo. Y balbuceó en el aire el aroma a piel y naranja, el hedor de la ira enquistada, la fragancia del beso en la frente. Y, mientras lo hacía, yo me hundía en sus ojos, que ya no reflejaban miradas, imaginando un lugar donde yacer, un rincón donde esperar, donde sentir las ansias del tiempo enredando en mis piernas, arañando mi piel, tropezando y ralentizándose, haciéndose eternas.

Un rincón apartado en el que ver morir días y noches, en el que evocar la rutina y buscar refugio a mis manos y a la inquietud de mi mente. Un mal lugar en el que repetir los gestos gastados, una y otra vez. En el que imaginar las campanas sumisas y dóciles.

Un rincón, alejado y sin senderos, donde no se permita la palabra, donde no exista la sal. Un mal lugar, donde las campanas de muerte permanezcan por siempre calladas.

Standard
Relatos

Silencio

Hallar un hueco en el mundo en el que sentirse completa y cómodamente solo, es realmente complicado cuando lo necesitas con desesperación. La propia falta de esperanza es ruido que llega, se asienta y tortura al silencio que esperabas encontrar allí, en ese lugar donde has decidido posar tus huesos. Allí, en el último rincón de la lista de aquellos a los que te habías prometido no querer regresar.

La vida adora su antojo de quebrar silencios

La vida adora su juego de contrastes. Sólo cree realmente bello el llanto, si éste nace del minúsculo espacio que existe entre una sonrisa tímida y una carcajada sincera. No considera totalmente digna la empatía, si ésta no diluye la distancia entre dos seres que deseaban caminar solos, siempre con la mirada baja y siempre con la mente vacía. La vida adora su antojo de quebrar silencios, de alterar los apacibles espacios de sol y brisa endeble.

Vivir es, por ello, enfrentarse al azar que tiende a llenar los huecos calmos, que gusta de romper los lazos firmes, las seguridades, los sosiegos. Y es por eso que la distancia entre las heridas abiertas de mi piel y los cálidos besos sobre tu espalda, está tan terriblemente llena de ruido. Yo, que siempre ansío silencio, te juro que sólo escucho quejidos y estruendo cuando compartimos miradas. A mí, que te prometo que nada más que silencio deseo, me hace sentir como un títere lleno de vida, el que mi mente se agite con la quejumbre que separa las dulces cicatrices de tu piel y el siempre áspero tacto de mi espalda.

Dicen que vivir es recorrer, entre desorientación y torpeza, los senderos no escogidos que mudan silencios por nuevos anhelos y carencias. Yo sólo sé que hallar un hueco en el mundo en el que sentirse completa y cómodamente vivo, es realmente complicado cuando lo necesitas con desesperación. La propia falta de esperanza, creo entender, es ruido que llega, se asienta y tortura el silencio que esperabas encontrar allí, en aquel lugar donde siempre has deseado posar tus huesos. Allí, en el último rincón de la lista de parajes imposibles de alcanzar.

Quizás la vida nunca es silencio y desearlo es como quien anhela la muerte.

Quizás debería levantarme y gritar… algunas mañanas pienso que tal vez tu nombre.

Standard
Relatos

Promesa

AIDS in Asia por Zoriah

AIDS in Asia por Zoriah

Si te pido que me lleves allí, justo allí, donde la luz todavía encuentra ganas de vencer…. prométeme que silenciarás mi deseo con una caricia suave y un beso que cierre mis párpados.

Si mañana, cuando el cielo mude en  luto, sostengo la piel clara de tu mano y la llevo hacia mi pecho vencido… prométeme que atusarás mis cabellos, prométeme que no querrás sentir mis latidos.

Si te hablo, si te observo mientras permaneces impasible ante mí y se fuga un tequiero… prométeme que responderás con silencio. Júrame que se lo tragarán los muros de piedra, que perecerá diluido, asfixiado.

Promete que estarás aquí, entre ella y yo, y dejarás que todo sea noche y frío cuando ella lo quiera. Que olvidarás todo lo que me ha hecho humana: las lágrimas; el escalofrío, si era tu mano la que flirteaba con mi espalda; aquella sonrisa; los ojos vidriosos de pura emoción… promete que me recordarás como polvo, no como piel.

Escúchame por última vez, por favor. No hagas que desee quedarme. No perturbes mi mente vencida. No desplaces al olvido que ahora ya casi me abraza. Prométeme que serás silencio, que seré silencio, que sólo habrá frío.

.

Standard