Relatos

Ravén, Lilián, Hamir (3)

Hamir

La sombra de Hamir atravesaba, hace tan sólo unas pocas horas y con la mirada clavada en la huidiza espalda de su dueño, las calles de una ciudad que amenazaba ya por adormilarse y cerrar el telón del día. Mientras, ellos, Hamir y su sombra, protagonizaban una trepidante y descontrolada persecución.

Veloz, como el pestañeo automático y vertiginoso que salvaba sus pupilas de la arena suspendida en el atardecer, Hamir describía los senderos de callejuelas torcidas por entre el aroma de la fruta cansada del sol y sombra del día eterno; se perdía, zambulléndose en el agrio de las conversaciones que hacen balance de las horas vencidas y se quejan, apesadumbradas, de lo pegajosa y sucia que es la miseria; o serpenteaba, enloquecido, esquivando las pisadas de los que ya solamente buscaban una cena olvidada en el extremo del día, o aquellos otros que habían decidido fijar como rumbo el hogar, su calma y su efectivo consuelo.

Hace tan sólo unos minutos, los brazos se Hamir se dejaban morir, junto a una exhalación de su dueño, para caer rendidos sobre el alfeizar de una ventana. En el dorso de sus manos se acomodaban su cabeza de niño y los pensamientos de infancia recién perdida. Al otro lado del vidrio, esqueletos metálicos y botas de goma resquebrajaban las calles. Rompían, con su paso marcial, el delicado equilibrio del grano de arena que vuela, atarantado, sobre el naranja del cielo orgulloso; elevándose con efervescencia para caer sobre mil granos más que un día volaron también para fundirse, así, en un perfecto mar en calma. Ásperas y sedientas dunas que vienen y van, que perduran tranquilas, que mudan y moldean los paisajes.

Heart of an Orphan
Heart of and Orphan por Michael Mistretta

Sus pupilas, las de Hamir, unos pocos segundos antes de que el silencio llegase para tomar su garganta, reflejaban un horizonte lejano destrozado por el peso de maquinaria extranjera, por el sabor de salivas ajenas y el brusco pisar de calzados extraños. Más próxima, lo justo para que el hedor todavía arañase su paladar, la soledad de los pasillos vacíos que unían puestos de fruta abandonados y montones de mimbre que nadie pensaba ya en trabajar. La cotidiana muerte de un día más en la ciudad. La más común de entre todas las noches destrozadas por el ajetreo de los rostros sin nombre, sin historia en la que poder confiar. A un lado, el enorme temor de un niño minúsculo, al otro, el desafiante y maloliente rastro que deja el caminar de cien hombres gigantes.

Hamir dejó de pestañear, dejó de ver también, y, unos instantes después, finalmente decidió dejar de pensar. Se aferró a un único recuerdo sobreviviendo entre el caos de aquella noche: la reminiscencia de las yemas agrietadas de una mano, jugando a crear calidez de la nada para enmarañar con ella sus cabellos. Peinando, creando y deshaciendo rizos con suave calor. Erizando su piel y sentidos, haciendo resbalar por su espalda, hasta las plantas de sus pies, la risa contenida que no quería dejar escapar. Hamir se refugió en su recuerdo, incluso cuando la puerta cedió y una voz de mujer, loca y cobarde, se deslizó en la habitación, ¿qué hay de nuevo, Hamir?, preguntó la soledad.

Sobre el polvo de la callejuela, justo al otro lado del vidrio de la ventana, el esqueleto de un perro se detuvo. Dio una vuelta o dos. Olisqueó el suelo y decidió nuevamente girar. Tres vueltas más tarde flexionó sus patas, encogió su cuerpo y se dejó caer dando la espalda al recién llegado frescor de la noche. Probablemente un perro olvidado. Con seguridad un perro sin nombre. Quizá al día siguiente pateasen sus costillas o quizá alguien le ofreciese fruta madura. Esa noche, como otras noches antes, también la pasó bajo la ventana de Hamir. Quizá porque la soledad se huele. Quizá porque el olvido deja rastro y perdura; oscurece los ojos de aquellos que sobreviven al día, sólo para llegar a la noche y sus recuerdos. A la ausencia de ruido, a la calma que agasaja. Al dejarse morir tranquilo o al no tener que pensar.

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Relatos

Ravén, Lilián, Hamir (2)

Lilián

Cuando Lilián decidió que había llegado la hora de arriesgarlo todo, desafiando al todavía débil equilibrio de sus años escasos, para poner un pie ante el otro y mecer el peso de su cuerpo hasta lograr el anhelado primer paso de su infancia, lo hizo de forma natural, con la sinceridad propia de la niñez. No existía en su conciencia más momento que el presente, ni mayor desafío que el mantenerse vertical y erguida pero, en su caso, aquel gesto se vio acompañado por una trascendencia que ya nunca más abandonaría sus huesos.

A través de los atardeceres solitarios y serenos de aquel rincón del mundo que una vez escuchó sus primeros gemidos y cantos, Lilián despidió a los años cruzando ante sus ojos con fiera velocidad, con descuido, con profunda valentía. Se fueron deshaciendo los meses y los días, destrozados contra el arrojo, sincero y puro, de sus piernas firmes; talladas de una roca inmortal. No quedó ni rastro de la zozobra propia del tiempo mientras camina, ni sobre su piel, ni entre sus cabellos, ya al final espesos e indomables como toda ella. Ni tampoco quedaron hilachas del pasado engarzadas entre la viscosidad de sus recuerdos torpes. Se rindió la primera y la última añoranza que quiso amargar su alma. Cuentan que se miraron a los ojos, la nostalgia y Lilián, y saltaron miles de pedazos de melancólica tristeza esparcidos por el empedrado suelo de la plaza, como pequeños caramelos de color y celofán que se pierden entre los adoquines.

Fue en los atardeceres de los que nacen los vientos enfurecidos donde se gestó la leyenda de Lilián. En aquellas noches en las que, lo que durante el día fue brisa, llega ahora escupida desde el mar con virulencia, plena de ansias y sedienta de tierra firme, fue donde se construyó el relato de que era el nombre de Lilián el que venía buscando la sal suspendida en el aire. Y, hasta dar con él, las tinieblas complacían a las ráfagas de viento y cólera; avivando su ímpetu, sus impulsos vacíos de cordura y control. Sufrían los muros de piedra, estremecidos por el aire serpenteando entre las callejuelas como una manada desbocada. Gritaban las ventanas, golpeadas hasta hacerlas relinchar; y las puertas, sacudidas en sus marcos de madera podrida, haciendo temblar a los que se guarecían tras ellas, expulsando de la oscuridad del fin del día el calmo vuelo de las hadas que siempre han transportado los sueños que arropan; los que enmudecen las lágrimas de aquellos niños que nunca quieren dormir. Fue en aquellas noches, casi todas ellas sin luna y sin más ruido que el que el viento conduce, en las que las ancianas rezaban para que la eterna Lilián saliese de su escondrijo de silencio y calma. Musitaban plegarias que le rogaban acceder a recibir a los vientos, sumidos en plena vorágine, para dejar que estos desbaratasen sus cabellos y formasen nuevos rizos de salitre y caos. Para que permaneciese, una noche más, erguida durante horas bajo el dintel de su hogar, hasta calmar las ansias de un Eolo enamorado de aquella mujer de asfixiante belleza.

himno a la belleza
«hymne à la Beauté / inno alla Bellezza», por Giovanni Giorgini

Pero un buen día, la leyenda se infectó al saltar de boca en boca, de la ponzoña de los padres a la de los hijos. Alguien hizo acopio de rabias eternas y alguien más sumó el veneno añejo de perennes envidias. Un buen día, bajo las nieblas espesas que anuncian, traicioneras, que el invierno llegó ayer; una voz rompió el silencio y unas cuantas más, cobardes, casi mudas, vociferaron aprovechando el sendero abierto: ¡culpable, Lilián! Culpable de jugar constantemente con la luz del universo. Culpable de que el viento se cuide de silbar mientras sea tu voz la que perturba la tarde y se enfurezca si no es tu rostro el que le espera al final del muelle, cuando la luz ha dejado ya de ser. Culpable de que el frío se vuelva tímido, cuando son tus pasos los que cruzan la plaza. ¡Culpable, Lilián!

Y ese día, la que otrora fue niña inocente y más tarde mujer de indomable vitalidad, se encontró exiliada de la vida de los humanos. Fue expulsada a un lugar entre el bosque espeso, donde las ramas casi no dejan pasar la luz y donde el viento tiene vetada la entrada. Arrojada a ese rincón, apartado y desconocido, en el que las hojas crean sombras sobre el musgo que se ha apoderado de un suelo siempre impregnado de agua, para vivir encerrada entre unos muros de piedra que rezuman humedad y que velan porque el silencio sea completo y el calor muera antes de cruzar el umbral.

Lilián, ahora y desde entonces, recorre el pasillo de su mundo enano, pisando una vetusta alfombra que amortigua su andar. Siente cómo se quiebran las fibras y los hilos con el peso de su cuerpo a cada paso. Percibe los quejidos que nacen del amargo tormento al que les somete, imperceptibles para toda mujer cuerda, pero que se hacen estruendo contra los tímpanos de Lilián. Y, un paso tras otro, recorre su cárcel de olvido. Deja atrás el mullido bajo sus pies y se enfrenta a los siseos serpentinos que provoca el contacto de su piel, contra el frío de la cerámica que cubre el suelo y paredes de una pequeña cocina. Allí, aguardando a Lilián, la violencia de las explosiones de un agua que hierve. Tras ella, un fuego que se yergue desafiante hasta lograr exasperar sus sentidos con carcajadas colmadas de maldad. Las risas de un lunático que gusta de torturar a unas maderas, retorcidas de dolor, que no dejan de quejarse y llorar.

Y, Lilián, allí donde no llega ni viento ni luz, ni sonido alguno, ni calor exiguo, ni un mínimo rastro de bondad; allí donde el bosque genera y almacena todas las sombras que han de atormentar al mundo real, tiembla de profundo miedo. Rodeada de todos aquellos estruendos que nacen del silencio absoluto, anuncia su rendición a intentar mantener una mínima reminiscencia de lo que su vida algún día fue. Ruega al tiempo que, por favor, detenga su juego y abandone su piel. Más los días se empeñan en continuar su camino y, una noche más, ¿qué hay de nuevo, Lilián?, pregunta la soledad.

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Relatos

Ravén, Lilián, Hamir (1)

 

Ravén

Ravén siente su respiración reinando sobre todos los sonidos de la sala. Ligeramente entrecortada, hace minutos que no es capaz de hallar un ritmo constante que permita rescatar a sus pulmones del ambiente cada vez más viciado de la habitación. Ravén ha decidido dejar de temblar hace ya dos horas, o veinte, no lo recuerda. Sabe que ha ordenado a sus músculos buscar el reposo que debería otorgar la costumbre, pero algo, en algún momento y sin esgrimir ningún pretexto convincente, ha sabido desoír el mandato y fuerza a su cuerpo a moverse como un punto de luz centelleante, desparramando incontrolable tensión justo bajo el subsuelo de su dermis.

Entre la exigua luz del denso ahora que le envuelve, Ravén trata de olvidar el sonido de las puertas cerrándose a su espalda. Cerrojos fundiéndose entre sí, marcando el inicio de todas y cada una de las noches solitarias de los últimos años. Intenta librar Ravén a sus sentidos de la reminiscencia, áspera y mugrienta, que todavía persiste anclada a su oído y a su piel erizada. Aquella que salpica su paladar con el gusto del óxido que se desprendía de los metales mientras estos se deslizaban, uno sobre el otro, óxido sobre óxido, chirriando, desgarrándose hasta quedar completamente firmes y unidos; seguros tras él. La profunda sensación de no ser nada, de no tener nada. Trata de olvidar, ahora Ravén, las puertas encerrando la soledad dentro de aquel minúsculo habitáculo. Cómo cobijaban un sueño atormentado, tan ajeno a las ganas de no dormir propias de aquellos otros que luchan obsesivos por sobrevivir, por no ser vencidos; ni siquiera por la luz en plena huida. Trata de olvidar, Ravén, y fracasa, del mismo modo que ha perdido las mil primeras batallas por conciliar un sueño esquivo.

soledad - Rusty abstract

«Rusty abstract», por Etienne

Todavía sin haber calmado sus pulsos, sin lograr aplacar sus angustias, toma asiento a los pies de su cama buscando calma y sosiego y deja que su piel, la de ella, recorra su rostro. Acepta que sean sus ojos, los de ella, los que se claven en cada una de las señales dejadas por la dureza de los días pasados, por los años azotando sus gestos. Se rinde y permite que de ella sean sus pensamientos, sus recuerdos más trágicos y aquellos otros que, hechos jirones a fuerza de tanta fusta encolerizada, acabaron por ser pedazos de sencilla felicidad. En la oscuridad, Ravén permite que explore su cuerpo casi desnudo. Siente la dulce mirada de la mujer que tiene enfrente, deambulando justo un centímetro por delante del calor de su tacto suave, superando la barrera de su hombro para, decidida, arrojarse al vacío de sus largos brazos. Camino a la firme tensión que ya nunca más abandonará sus puños y de vuelta a la piel que esconde su corazón palpitante. Todo, absolutamente todo, de su propiedad. Cada uno de los músculos recorridos, de los huesos todavía firmes, de los miedos encastrados entre las costillas. Todo suyo realmente, lo único realmente suyo. Y Ravén tiembla, deseando que ella demuestre que aquello que aún le pertenece es tesoro suficiente, recompensa idónea para agradecerle el que no haya cambiado ni un milímetro la anchura de su sonrisa, ni un tono el color de sus ojos, siempre tan perdidos en la profundidad de sus cuencas. Ojalá ella, la que le observa, la que tan bien sabe desvestir de aspereza su cuerpo, la misma que no ha tenido miedo de pisar las vociferantes hojas medio escritas, manchadas con el nombre de Ravén, con los remordimientos de Ravén, con la sangre y los errores; ojalá ella estire su mano, aprese su cuello y reclame el tiempo robado. Ojalá le ayude a destrozar todas las noches vacías de seguridades.

El sutil contacto sobre su piel parece, al fin, haber proporcionado calma a su respiración, pero esta no tarda en fugarse, convertida en un lujo efímero que deja un sabor amargo en los labios. Tras su estela, cuando todavía huele a paz, a lucidez y sosiego en la habitación, Ravén encuentra el momento preciso para detenerse y pensar. El primer instante real de los últimos años, completo de silencio y desbordante de sorprendentes respuestas. Suficiente para Ravén.

Suficiente, para comprender que sólo conserva su nombre y nada más que su nombre. Suficiente, para comprender que ha perdido batallas, que han dejado heridas, que han infectado miembros que ya nunca más serán. Suficiente para comprender que hubo un tiempo en el que sus ojos no conocían ni tinieblas ni soledades, pero que han hallado el empalagoso dulce de la ausencia y ya no saben, no quieren, vivir de otra manera. Suficiente, necesario, para asimilar que su piel se ha vuelto rugosa, se ha convertido en ortiga, en escama erizada que rehúye sus yemas, las de ella. Incluso las de ella, que ahora lloran por no saber calmar el cuerpo desnudo del hombre que han estado esperando todo este tiempo repleto de horas y frío, de días y llantos.

Ravén se rinde, no encuentra batalla que merezca la pena lidiar. No sabe vivir. Ya no sabe poner un pie delante del otro para romper la quietud, ni conoce cómo se saluda afablemente o se deja uno acariciar. Sus ojos se han cerrado, los ha cerrado. Sus errores le han vencido, le han apabullado. No estaba preparado su cuerpo para tanta oscuridad y, ahora, ya no quiere nada más que penumbra.

Ella se ha ido, entre sollozos, azotada por la crudeza de un reencuentro que nunca quiso llegar a imaginar. Ravén, sin embargo, permanece quieto. Absurdamente feliz. Abstraído de lo que hace un instante le preocupaba, gozosamente vacío de deseos o anhelos.

La noche acentúa su presencia, desbancando al último rastro de calor del día y, al fin, ¿qué hay de nuevo, Ravén?, pregunta la soledad.

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Sobre océano y añoranza

Si el océano llegase hasta aquí, si rompiese en espuma y, pacientemente, tallase la piedra impasible. Si ocultase con estruendo los rumores que anuncian el final de los días, si no hubiese más luz que la que se desliza sobre un horizonte incendiado. Si entre sal y bruma se desvaneciesen las horas. Si todo fuese ocaso ante mí y el cielo estuviese colmado por interminables bancos de aves marinas, también así me seguiría sintiendo profundamente feliz.

Sobre océano y añoranza

«day seven – unintentionally moody», por Lucy Maude Ellis

Si se rizase de nuevo mi cabello y, entre sus ondas, se cobijase toda la infinita humedad en suspensión de un invierno en la costa. Si el sol golpease con furia de nuevo mi frente, rescatase el azul de mis ojos e iluminase cada recodo de mi rostro de niña. Si volviesen a mí todas y cada unas de las costumbres, todos y cada uno de los recuerdos y añoranzas, todavía así seguiría siendo profundamente feliz.

Porque no he quebrado la serenidad de mis tardes tranquilas y viajado hasta este rincón del mundo, para vivir abrazada a nostalgias. Porque, tal y como hemos acordado, a ninguno de los dos se nos ha olvidado respirar. No hemos extraviado sombra y sentidos en una absurda búsqueda de momentos imposibles, gastados por tanto querer recordar. Porque he aprendido a renovar el atrezo de cada una de las mañanas, las vistas que me saludan y hasta la cadencia del vaivén que siempre me ha mecido entre nostalgia, emoción desbordada, profunda añoranza, seguridad, amargura por no verte, ilusión por contarte. Todo para limpiar de costumbre la piel de mis manos, todo para sentir el tiempo doblegado, rendido a mi criterio. Todo para seguir siendo profundamente feliz.

Ahora camino calle abajo, entre áspero hormigón. Recorro paisajes retorcidos hasta mudar en fastuosos bosques inertes, rebosantes de color y caos. Siento que las aceras anticipan mis pasos, mis desnortados cambios de dirección. Nacen, no estaban antes allí, y se depositan justo bajo mi pisada. Me conceden el privilegio de convertir mis huellas en la primera mácula de su historia, el honor de tornarlas mundanas a cada paso. Camino calle abajo, entre perdida y somnolienta, entre excitada y teatral; fingiendo que la normalidad lo invade todo, que la felicidad ha sido siempre natural en mí. Mientras, mis pulsos palpitan y mi orgullo se eleva como pocas veces antes lo había hecho.

En esta ciudad sin costa, sin ronroneos de mar aletargado, sin bramidos de océano enfurecido. En esta ciudad oscura todavía hay noches que hieren. Siempre las ha habido. Pero aprendo a abrazarlas y buscarles cobijo. Descubro el arte de endulzar añoranzas, la sabiduría de cómo naparlas de densa ilusión. No me detengo a contemplar estelas, sé que hayan nacido torpes, precisas y firmes, o profundamente difuminadas; ellas permanecen… y permanecerán… dispuestas a ser rememoradas. Por fin comprendo que no hay tiempo insalvable, ni distancia que se vuelva eterna para quien ha decidido partir. Confío en que la memoria me guarde, sé que puedo construir recuerdos mejores, vivencias cruciales. Sé que existe un futuro en donde poder compartir la vida que ahora me inunda, las sencillas hazañas que esculpen mi recién estrenada armonía.

No puedes escucharme, pero murmullo en silencio canciones que antes sólo imaginaba gritar. Melodías que te descubren que, aquí y ahora, pese a todo, sin océano y luz, me siento y soy profundamente feliz.

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Relatos

Que te quiero, que te he querido

Todavía huelen a costumbre las paredes ajadas. El ritmo es pausado, los segundos pegajosos, las tardes infinitas. Por fortuna, todavía decide el tiempo descompasar su paso para estirarse en las sobremesas, como si la vida estuviese dispuesta a esperar por nosotros. Hay una ligera brisa que me devuelve las preguntas que le lanzo, costumbre tiñendo los rincones y sonrisas zigzagueando torpemente entre ellos.

Al otro lado, tras el cristal y su velo de vaho, alguien decide declarar este día único e inolvidable y confiesa estar dispuesto a «navegar hasta volver a ver tus profundos ojos azules». Alguien más recoge la frase, se sonroja y mira hacia el suelo. Yo me detengo, sueño… y recuerdo los susurros de tus labios sobre mi cuello. Eran tiempos de tardes de primavera, de música y sorpresa. Tiempos de dulces confesiones, rostros de asombro y ese danzar en el que nos enredábamos. Tan ajenos al mundo, tan acompasados. Precisos, sin dudas, improvisando caminos.

Me pregunto si habrás cenado bien esta noche. Nunca te quejas. Tampoco sonríes.
Apenas había comenzado la semana cuando algo, quizá el olor a tiempo estancado de las paredes, te susurró mi nombre, también el de Enma y, tan sólo unos días después, incluso el de Tomás. ¿Lo recuerdas?
Yo no lo olvido. Te observo, escucho, vuelvo a temblar. ¿Quién necesita ahora las tardes de primavera? ¿Quién necesita la música? ¿Y danzar, quién lo necesita? Gracias por esos momentos en los que regresas. Gracias por desandar el camino de vez en cuando, despistado, entre titubeos. Gracias por sentirme a tu lado.

«¿Desde dónde veremos hoy la puesta de sol?», supongo que te estarás preguntando en esos otros momentos en los que decides ser silencio y quietud. Y me pierdo en ensoñaciones e imagino que quizá podríamos volver al final de la escollera, en el muelle, al abrigo del viento del norte; el mejor lugar para ver morir una tarde de invierno. O, ¿por qué no?, escabullirnos hasta dar con el banco de madera rociado de arena blanca que marca el final de la playa. Ése que señala el límite tras el cual ya no encontrarás más pisadas. Allí, donde los largos días de verano, cansados de tanto bullicio, se desangran sobre un cielo escrupulosamente azul. En el centro del huracán de un día que agoniza, donde un suave rumor de espuma arropaba el instante en el que yo me dejaba abrazar y tú fingías controlar el pudor.

Alzheimer #6

Un pestañeo. Mil vidas en una. Mil comienzos, otros tantos finales que amagaron ser y, nuevamente, se tornaron caminos a ser explorados. Un pestañeo a tu lado y, sin embargo, ahora todo parece infinito. Infinito el tiempo que permaneces callado. Infinitas las horas que gastas en recorrer las paredes con la mirada, ¿qué buscas en ellas que no encuentras en mis ojos? Infinitos los paseos, las costumbres. Infinita la lluvia que nos devuelve el eco de nuestros silencios. Infinita la espera. Infinita la melancolía.

Si el final es que se diluya de tu memoria mi nombre, si el final es que ya no recuerde tu voz, ¡qué diferente será al que habíamos soñado!
Creo que veo cómo se derrumba el último de los castillos de arena y sólo pienso en decirte que me ha gustado el camino. Que te quiero, que te he querido.


Fotos extraídas del álbum Alzheimer, por Luca Rossato

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