Relatos

Aletea

Aletea, siempre frágil y temeroso, pero aletea. Su cuerpo rechina y despierta. A punto está de vencer el peso y los pesares, a punto está de trazar una vertical casi perfecta con cada golpe de ánimo. No avanza, no retrocede, pero aletea y su cuerpo casi se eleva.

Observa el mundo y sus formas, habiendo puesto espacio entre el último trozo de piel y la tierra seca. Respira el color que devuelven los seres cuando la luz, nueva, más fresca y pulcra, resbala en sus cuerpos. Escucha el latido, los ritmos y las cadencias, de las palabras que se sustentan en el aire poco viciado de las mañanas.

avanzar para seguir
palpando el susurro

Acaricia los susurros, casi imperceptibles hace apenas un instante, que anhelan caminos todavía no hallados; aquellos que hablan de senderos que aguardan un nombre y destino. Aquellos capaces de hacer mofa de los errores pasados, de la vida gastada.

Aletea y las fuerzas no se agotan. ¿De dónde sacan sus músculos el azúcar con el que camuflar la sal de los años? ¿Qué ha vencido al óxido y a la fatiga?

Ojalá pudiese avanzar ahora que flota, ahora que no hay lastre, justo ahora que el color lo camufla todo. No sólo elevarse, también progresar. Un desplazamiento contenido o en plena embestida, avanzar para seguir palpando el susurro. Un paso para que el tiempo no huya o, si lo hace, para que camine intranquilo, para que sienta su respiración acosando a sus huellas.

después hay silencio
y olvido

Ojalá los aromas no dependiesen del espacio y el tiempo. Ojalá no se consumiesen, ojalá que el suave aleteo colmase sus ansias y no reclamasen más que flotar para convertirse en perennes.
Ojalá que la vida no pasase a su lado, ojalá que gustase de detenerse con él. Ojalá que nadie más reclamase su espacio, que todo fuese orden y calma. Todo un suave danzar, un dócil fluido que se deja mecer. Ojalá.

Aletea, pero la inmovilidad ya le pesa. No reconoce las voces que invaden su espacio, que miran con desdén y casi en el mismo instante se van. Apenas escucha nombres comunes y, los que percibe, escapan fugaces, nunca se dejan tocar. Se gasta deseando que vuelvan fantasmas que traigan consigo borrosos susurros y aromas casi asfixiados. Se instala en sus huesos la fatiga y la luz pierde frescura y color.

Comienza a hacer frío, pero parece que sólo él lo nota. Aletea sin apetito, casi sin voluntad. Le arañan la piel unas risas lejanas, unas miradas robadas y también llantos, estruendosos y mudos. Aletea, totalmente vencido, y ante sus ojos rezuma una última pizca de felicidad. Después hay silencio y olvido. Y más tarde, una vida que se impregna de dudas:

¿Qué sentido tiene flotar? ¿Por qué no reposar en silencio? Quizá no haya muerto nunca nadie por vivir sin soñar.

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